
En ese partido
difícil, áspero, picapedrero, Argentina consolidó al equipo. Oscar Ruggeri
salía del fondo con mucha seguridad, tocando la pelota con Burruchaga y Giusti
se animaba a pasar la mitad de cancha. A los 42 minutos del primer tiempo,
Diego se volvió a enfrentar con el capitán uruguayo Barrios, que le apuntó al
10 argentino, en el tobillo izquierdo, dándole con salvajismo. Esta vez Diego
evitó que Barrios lo achurara, lo encaró en velocidad, pero frenó, lo enganchó,
como bailando un tango. En esos movimientos mostraba una plasticidad
influenciada por una picardía tanguera a la hora moverse. El quiebre de cintura
dejó a Barrios desacomodado, Diego hizo pasar sutilmente la pelota entre sus
propios pies y lanzó un centro al ras del piso para Batista, que tocó a un
veloz Burruchaga que intentó pasársela a Valdano que apenas la rozó. La
carambola tanguera terminó en los pies de Pedro Pablo Pasculli que anotó el 1 a
0.
Desde ese minuto lo de Maradona fue 10 puntos. En el segundo tiempo Diego
protagonizó un ballet. En una jugada de paredes con Valdano convirtió un gol
que el árbitro invalidó por un foul inexistente. Yo, con cuatro años, me había
quedado dormido en la silla, sin que mi hermano se diera cuenta. Gaspar gritó
el gol desaforado, sin notar que había sido anulado, y me despertó. Carlos
Bilardo también había gritado el gol,
parándose del banco y levantando las manos. Al darse cuenta de que lo habían
invalidado, fingió acomodarse el pelo para disimular. Maradona se quejó, le
gritó al juez de línea, juró que no había cometido foul ni empujado a nadie.
Miró al cielo y le pidió a Dios que cobrara ese gol. El partido siguió 1 a 0,
Diego muy veloz, como un pájaro azul que vence a la velocidad del tiempo,
corrió con la pelota eludiendo hasta una punta y tiró centros que eran como
balas picando cerca del arco charrúa. El único problema era el capitán celeste,
Barrios, que cada vez que se cruzaba con Diego le pegaba un tiro en el tobillo.
El árbitro ni siquiera le sacó tarjeta amarilla. Pero a los 15 minutos del
segundo tiempo pasó algo de película que iba a cambiar todo.

El partido jugado
en Puebla, México, sufrió un extraño fenómeno meteorológico. Un viento muy
fuerte que anticipaba una tormenta ayudó a Uruguay, que puso en cancha a un
delantero más para intentar descontar. Con la casaca 18 entró Ruben Paz. El choque
del aire templado, típico de Puebla, con el viento cálido ocasionó una tormenta
muy agresiva, arrastrando la pelota en el aire para el lado del arco argentino.
Estaba el antecedente del terremoto en el estadio Cuauhtémoc. De repente, el
cielo se puso negro y unas gotas
anunciaron el temporal. Pumpido vio varias veces disparos de Ruben Paz
muy cerca, a una velocidad superlativa por el viento que soplaba fuerte contra
su arco. Las banderas en las tribunas no soportaron el viento y empezaron a
volar por el aire; también se volaron partes de las cabinas de los periodistas
y accesorios de los utileros en los bancos de suplentes. Uruguay le puso garra
pero Argentina ganó. El partido terminó 1 a 0, la celeste y blanca sacó pecho
en la lucha por la copa. Logró ser equipo, por encima de las buenas
individualidades. Es verdad que la actuación de Maradona como un engranaje
perfecto entre la mitad de cancha y el área fue decisiva, pero todo el equipo
se había ordenado en esa tarea. Si Diego era el motor y las ruedas de ese auto,
en el partido contra Uruguay encontró en ese equipo dirigido por Bilardo un
esquema ideal para poder llegar a transmitir esas genialidades.